Arriesgada ha sido sin duda la elección que ha hecho Clint Eastwood a la hora de abordar su último proyecto. No es John Edgard Hoover un personaje fácil de asimilar por el espectador, tanto por su marcada personalidad como por su polémica trayectoria al frente de la Oficina Federal de Investigación de los Estados Unidos.
No menos riesgo ha corrido el realizador a la hora de poner sobre los hombros de Leonardo Dicaprio el peso de encarnar al personaje. DiCaprio es un actor brillante, y el esfuerzo que realiza para adaptar su dicción a la pesada forma de hablar de Hoover y su evolución con el paso de los años -que quedará olvidada en la versión doblada- es absolutamente encomiable. Pero la imagen del intérprete es tan marcada que pesa como una losa inabarcable a la hora de que nos olvidemos de él y veamos a Hoover. Ese hándicap se hace más pronunciado con la visión de la etapa madura del director de la agencia federal, en la que la mirada aún no envejecida de DiCaprio delata a las claras el maquillaje que lo cubre.
Ese es uno de los grandes errores de Clint Eastwood a la hora de afrontar la película. En la disyuntiva entre dejar que los mismos actores interpreten a sus personajes en un arco temporal de unos cincuenta años -con la inevitable cooperación de un en este caso poco afortunado departamento de maquillaje- y alternar a distintos actores que se aproximen a las edades que se manejan en la película, Eastwood elige la primera opción.
Y tropieza. Tropieza porque todo queda con una sensación de impostura y falta de realismo que perjudica a la película. Una película que goza de la narrativa clásica, sobria y ejemplar de Eastwood, pero que carece de un registro emocional que deja la conexión del espectador con lo que se cuenta totalmente enterrada bajo capas y capas de látex.
El realizador dibuja un Hoover desde una perspectiva que lo coloca como un visionario de las técnicas contra el crimen, como un pionero que supo ver antes que nadie -casi como si fuera un gurú de empresa tecnológica- por dónde iría el futuro de la lucha contra la delincuencia. Las partes más escabrosas o que podrían invitar a la polémica son tratadas con una delicadeza intensa, aunque parezca un término contradictorio, pero no lo suficientemente profunda para hacer llegar las motivaciones internas del personaje.
Es curioso como a Clint Eastwood parece fascinarle últimamente el 'American Crime'. Tras 'El intercambio' en 'J.Edgard' olvida que lo que nos está contando es el relato de una existencia a lo largo de medio siglo de la vida de un hombre y se distrae de forma excesiva durante el metraje con el secuestro del bebé de los Lindbergh, de tal forma que parece crear una mini-película casi independiente dentro del propio filme, algo que parece excesivo para un biopic.
No cabe negar, por tanto, que nos encontramos ante una obra remarcable pero también insuficiente y con carencias. No debe verse en ello un declive de Eastwood, sino como la evidente dificultad de llevar este proyecto a buen destino con tan complicados mimbres. Les pasa a los mejores.
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